jueves, 16 de enero de 2014

Terrazas sucesivas de un palacio de cuento

Mª Dolores Fernández Benítez

Estuve en el Colegio entre los años 68 y 78, así que no me resulta fácil bucear en el pozo oscuro de la memoria para rescatar los recuerdos de aquellos años, ni mucho menos distinguir lo visto o lo vivido de lo imaginado o simplemente soñado.

Mis recuerdos del Colegio pasan por una arquitectura de patios imposibles, encadenados unos a otros por tramos desiguales de escaleras, como terrazas sucesivas de un palacio de cuento. Creo recordar (pero no estoy segura) que en la planta de la entrada principal (¿o quizá estaba algo más bajo?) había un patio pequeño, cuadrado, con muchas plantas. En él tengo fotos de mi Primera Comunión, en un día más triste que alegre, de ropas negras y caras taciturnas debido a la muerte reciente de una tía materna muy querida, que me dejó como regalo póstumo un bolígrafo con mi nombre grabado. Desde ese patio, creo, se accedía por la derecha a un torreoncito con arcos y quizá, por la izquierda, a un túnel con escaleras, pero esto es algo que se desdibuja entre la nebulosa de mis recuerdos y no sé si realmente se ajusta a los patrones estrictos de la realidad.

Lo que sí recuerdo con más viveza es la salida al recreo, bajando primero por el túnel de escaleras, que desembocaba en un patio alargado, en cuyos arriates florecían multitud de rosales. Desde ese patio se bajaba un largo trecho de escaleras con barandilla de hierro, y se llegaba así al patio que llamábamos, por razones obvias, “el patio de las palmeras”, que era perfecto para jugar: en él había columpios, un tobogán, un “laberinto” para trepar… El patio de las palmeras estaba siempre verde, olía al frescor de la hiedra que lo circundaba por algunas partes y, en primavera, se confundían en él los aromas de las rosas, los jazmines y las celindas. Finalmente, bajando cinco o seis escalones, se accedía al patio más bajo, casi al nivel de la calle Fuente de Don Diego, en la que viví hasta cumplir los siete años. En ese patio, además de las aulas de las más pequeñas, estaba la pista de baloncesto, y creo recordar que tenía un poyete perimetral en el que nos sentábamos. Allí era donde dábamos las clases de Educación Física. Recuerdo también el gimnasio y el cuartito lateral en el que se guardaban el potro, el plinto y demás artilugios utilizados en las clases.

Perviven aún en mi memoria la bellísima cancela de la entrada y la escalera que desde la entrada conducía a la planta superior, con las baldosas blancas y negras, como creo recordar que eran las de la planta baja y las de la superior, en cuyo corredor había unas ventanas (¿o balcones?) que daban a los patios. Y cómo olvidar la campana que había en el recodo de la escalera, y que se veía (o quizá no) desde la planta baja. Precisamente en esa escalera nos hicieron fotos el día de la Comunión. De forma confusa recuerdo el laboratorio (aunque no su ubicación), en el que el esqueleto Pepito pasaba las horas aburridísimo hasta que nosotras inundábamos su silencio de muerte con nuestras risas y nuestro parloteo.

Me parece estar viendo el gran salón de actos, pero no sabría decir en qué parte del Colegio estaba. Y, si no me engaña la memoria, en la planta baja, a la derecha, había un cuartito en el que una estatua policromada de Santa Teresa de tamaño natural aparecía sentada ante una mesa en ademán de escribir… Era un cuarto misterioso para nosotras, al que nunca nos atrevíamos a entrar solas, o al menos esa es la sensación que tengo al evocarlo. También recuerdo en la planta baja un patio (¿techado?) con macetas y una pila de piedra adosada a la pared.

En cuanto a las cuestiones académicas y pedagógicas, debo decir que el Colegio era bastante moderno y avanzado, dada la época oscura en la que nos tocó vivir nuestros primeros años. Las alumnas no estábamos colocadas en clase según nuestro rendimiento escolar (como ocurría en muchos colegios de entonces), ni existía ningún “cuadro de honor”, ni hacíamos filas para entrar a las aulas o salir de ellas, ni mucho menos se aplicaba la ruinosa pedagogía de “la letra, con sangre entra”. En todas las clases había una delegada y una subdelegada, elegidas por votación, con lo que se nos educó en la democracia sin decírnoslo y en el respeto, la igualdad y la tolerancia. Todo lo que acabo de enumerar nos parece hoy normal y de sentido común, pero entonces era más bien una excepción, y desde aquí quiero expresar mi más sincero agradecimiento.

No han caído en el olvido los rostros de mis profesoras, a las que guardo especial cariño: Mª Carmen Gómez, siempre bondadosa y dulce; Carmen Muñoz, agradable y comprensiva; “Nani”, nuestra queridísima profesora de Francés, que nos acompañó desde los cuatro años y nos dio un nivel casi de COU cuando terminamos 8º; Aurora Coves, de Educación Física, toda vitalidad y entusiasmo; Amparo Senovilla, con su peculiar sentido del humor; Encarnita, Juana Maestre, Amparo San Millán, Merche, Pilar Palazón…

Igualmente recuerdo los rostros, los nombres y hasta los apellidos de muchas de mis compañeras, a la mayoría de las cuales no he vuelto a ver: Yolanda Aguilar Rosell, Alicia Balsas Almazán, Rocío Barahona Aragüés, Mª Carmen Anguita Luque, Inmaculada Llavero ¿García?, Inmaculada López Hidalgo, Ana Blanca Calero, “Nani” (una niña con un talento incomparable para el dibujo), Rosa Garrido Porras y Rosa Garrido Cancio, que eran primas; Celia Espantaleón Gómez, Mª Ángeles Cañas Palop, Puri Aparicio, Alicia López Amador, Mª Carmen Carrascosa López, Juanita Collado, que jugaba muy bien al baloncesto a pesar de ser bajita; Rosa Mª de Dios Martínez, a la que recuerdo llorando de risa por cualquier cosa; Ana Fernández Aguilera, mi prima, con la que también compartí aula en el Instituto en 1º de BUP… Mención especial merece Rocío González Marchal, que estaba en el grupo B (yo siempre estuve en el A), con la que coincidí en el Instituto y más tarde en la Facultad, y que murió intempestivamente, sin que nadie lo esperara, a los veinticinco años recién cumplidos, dejándonos a familiares y amigos en el mayor de los desconsuelos. Han pasado casi veinticinco años de aquello, y todavía me acuerdo de ella, de su simpatía y su bondad.

Otros recuerdos que deambulan inconexos por los vericuetos de la memoria son el olor a rosas, a celindas y a lilas en el mes de mayo, cuando hacíamos las célebres ofrendas de flores a la Virgen (en la planta de arriba, a la derecha, creo); los pupitres de madera cuya tapa se levantaba para guardar los libros en el interior; una clase de Francés, cuando aún éramos muy pequeñas (no sabíamos leer), en la que estábamos todas sentadas en círculo, y la profesora iba mostrando unas estampas con imágenes para que nosotras fuéramos diciendo los nombres en francés; los cambios de clase (y los recreos) en 4º, 5º o 6º, en los que jugábamos a los cromos (¿recordáis aquellos cromos tan bonitos, que vendían unidos y agrupados por temas: flores, pájaros, etc.?), en partidas en las que podíamos aumentar o disminuir nuestra colección (los poníamos boca abajo en la mesa y dábamos una palmada sobre ellos; ganábamos los que quedaban boca arriba); las excursiones, en las que nunca faltaban ni las guitarras ni nuestras ganas de cantar hasta quedar roncas…

Por último, recuerdo como algo especial el recorrido de mi casa al Colegio y viceversa, mañana y tarde, en esa época en que los niños íbamos andando al colegio y además solos (quiero decir sin adultos; yo iba los primeros años con mis vecinas y desde 5º o 6º con mis primas), y el camino era divertidísimo, íbamos charlando y riendo. Por el Pósito o por la Carrera nos topábamos a veces con el pobre Piturda (¿lo recordáis?), siempre acompañado de seis o siete perros, que llevaba amarrados con cuerdas a su carrito de cartonero. Y si llovía y el viento volvía nuestros paraguas, o para cruzar debíamos meternos en un charco, aún teníamos más motivos para reír y ser felices, porque entonces la vida era un espacio protegido, una explosión incontrolable de felicidad por las cosas más nimias, y porque el futuro era aún un voluminoso cuaderno en blanco en el que estábamos empezando a escribir y que pensábamos que nunca se nos acabaría.

Mª Dolores Fernández Benítez


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